Al atacar a los Estados árabes, Teherán cree que aumenta el costo para Washington. En cambio, está uniendo a sus rivales, reforzando la coordinación entre EEUU, Israel y los países árabes, y aislándose más.
En los círculos de poder de Teherán parece haberse arraigado una peligrosa suposición: desestabilizar el Golfo Pérsico, atacar a los petroleros y amenazar la infraestructura energética de los Estados árabes servirá como una eficaz palanca de presión contra Washington. Si se eleva la temperatura en el Golfo, piensan, los estadounidenses finalmente cederán.
Esto refleja una interpretación errónea de la realidad geopolítica actual. Lo que el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica percibe como una sofisticada maniobra táctica para aumentar los precios de la energía y disuadir a Estados Unidos, en la práctica acelera el aislamiento de Irán y fortalece las mismas alianzas regionales que teme.
En lugar de frenar a sus adversarios, Teherán podría estar tropezando con su propia estrategia. A nivel táctico, atacar a los Estados del Golfo es una apuesta arriesgada. El Golfo Pérsico es uno de los corredores energéticos más importantes del mundo: aproximadamente una quinta parte del petróleo comercializado a nivel mundial pasa por él. Cualquier interrupción en el Golfo no es un incidente localizado, sino un detonante para ampliar la vigilancia, el despliegue de inteligencia y las capacidades de interceptación occidentales. Cada acto de agresión expone los patrones operativos del CGRI en tiempo real, y permite a los ejércitos occidentales perfeccionar sus respuestas tecnológicas y operativas con mayor velocidad y precisión. Al intentar proyectar fuerza, Irán también está revelando su estrategia.
Estratégicamente, el coste es mucho mayor. Teherán parece asumir que una mayor agresión hará que Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos y Bahréin reconsideren sus posiciones y se distancien de Occidente por temor a una escalada. Pero está ocurriendo lo contrario. En lugar de generar disuasión, Irán está profundizando la brecha histórica entre él mismo y el mundo árabe sunita. Las violaciones de la soberanía de los Estados del Golfo empujan a esos países a depender en mayor medida del paraguas de seguridad estadounidense y, en algunos casos, de los marcos de seguridad regionales emergentes que incluyen a Israel. Lo que pretendía intimidar está, en cambio, incentivando el alineamiento.
Desde una perspectiva israelí, la profundidad del error de cálculo de Irán se hace aún más evidente. En el pasado, Teherán logró abrir una brecha entre Israel y sus vecinos árabes. Hoy, la agresión en el Golfo produce el efecto contrario
La idea que Estados Unidos se replegará bajo la presión de la coerción energética es igualmente errónea. El compromiso de Washington con la libertad de navegación y la estabilidad en el mercado energético del Golfo es un componente fundamental de su posición global. Los ataques a los Estados del Golfo no se consideran provocaciones periféricas, sino agresiones directas a intereses vitales estadounidenses. Tales acciones no expulsan a Estados Unidos de la región, sino que lo obligan a intensificar su presencia, desplegar fuerzas adicionales y reforzar los acuerdos de defensa con socios regionales.
Desde una perspectiva israelí, la profundidad del error de cálculo de Irán se hace aún más evidente. En el pasado, Teherán logró abrir una brecha entre Israel y sus vecinos árabes. Hoy, la agresión en el Golfo produce el efecto contrario. Los Acuerdos de Abraham ya no son simplemente un marco para la cooperación económica, se han convertido en una infraestructura estratégica y de seguridad cada vez más robusta. A medida que crece la amenaza iraní, también crece la comprensión compartida en Jerusalén y en las capitales del Golfo de que se trata de un desafío regional único. La cooperación en materia de inteligencia y militar, a menudo bajo los auspicios del Comando Central de EEUU, está creando un frente coordinado que limita las ambiciones hegemónicas de Teherán. Mediante sus propias acciones, Irán ha trasformado a Israel de un actor externo a un socio de seguridad relevante en la defensa del Golfo.
En última instancia, la estrategia del CGRI se basa en una coerción a corto plazo que puede producir ganancias tácticas aisladas, pero a costa de la legitimidad y la consolidación de un eje contrapuesto. En lugar de dividir a sus adversarios y obtener concesiones, Irán se enfrenta ahora a un frente regional e internacional más unificado, más decidido y más interconectado. El Golfo, que Teherán pretendía convertir en un escenario de presión bajo su influencia, se está convirtiendo cada vez más en un foco de cooperación internacional para contener su expansión.
*Experta en Irán y terrorismo financiero en el Centro de Seguridad y Asuntos Exteriores de Jerusalén.
Fuente: The Times of Israel.
Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.